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viernes, 18 de mayo de 2012

El secreto de la alquimia: Capítulo 2


Belisa llegó a su casa y entró sin hacer ruido, puesto que sus padres estaban durmiendo y a ellos no le gustaba que una mujer de su edad estuviese en la calle tan tarde. Se fue para su cuarto y esa noche estaba tan cansada y era tan tarde que no se acordó mas de la bolsa en todo lo restante de la noche.

A la mañana siguiente se despertó, y se fue a lavar la cara al lago. Entonces, se vio en el reflejo y, como en el fondo de su ser era un poco coqueta, se dijo a si misma que tampoco estaba tan mal. Ella era rubia con los ojos verdes, era de estatura normal para su edad y realmente pensaba que no tenía mal cuerpo. Y no se equivocaba. A sus 17 años, ya había tenido bastantes pretendientes, aunque no había salido con ningún chico puesto que no quería pensar en esas cosas tan pronto, aunque su padre, que es herrero de profesión, a veces le decía que tenia que ir buscándose a un chico de buena familia con el que establecer una relación. Pero eso a ella no le interesaba de momento.

Volvió a su casa, que era una casa normal para aun herrero y su familia. Tenía dos plantas. En la planta baja estaba la tienda de su padre, la forja y demás utensilios para la fabricación de armas y, también detrás del taller, estaba la cocina y el comedor. En la planta de arriba se encontraban las habitaciones. Eran tres, la de sus padres, que era la más amplia, la suya y la de su hermano.

 Desayunó con normalidad y cuando subió a su cuarto vio la bolsa sobre la mesa. Decidió que era el momento de abrirla. Cogió valor, puesto parecía ser que esa bolsa era muy importante, aunque no comprendía porqué ya que era una bolsa de cuero muy vieja y parecía que en cualquier momento se iba a disolver. Cogió la bolsa entre las manos, la tocó con ansiedad porque no sabía lo que podría encontrar dentro, metió la mano y toco algo cuadrado. Lo sacó y era una cajita de piedra como las que se utilizaban para guardar los pendientes pero de color gris piedra. La caja tenía una incisura que marcaba un cuadrado alrededor de la forma cuadricular. Aparte de eso, era lisa.

                Intentó abrirla, pero no pudo. La chocó contra una esquina de la mesa que tenia en su cuarto, pero tampoco funciono. Bajó a la cocina e hizo palanca con una cuchara, con lo que solo consiguió doblar la cuchara. Volvió a su cuarto desesperada y tiró la caja al suelo con una última esperanza de que se rompiese y se abriera pero, evidentemente, no paso nada.  Se sentó en la cama para relajarse y cuando fue a coger  la caja vio por debajo un símbolo grabado en la caja rodeado de otros más pequeños. Los “emblemas” que rodeaban al otro símbolo eran huecos. Entonces se preguntó que eran todos esos símbolos y emblemas y fue en ese momento cuando se fijo en el sol. Era casi medio día y decidió bajar para preguntarse cuanto le quedaba a la mesa y si podía ayudar a algo, a lo que naturalmente le dirían que sí. Soltó la caja en el primer cajón de su mesa junto con la bolsa de cuero en la que venia y bajó.

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