Belisa
llegó a su casa y entró sin hacer ruido, puesto que sus padres estaban
durmiendo y a ellos no le gustaba que una mujer de su edad estuviese en la
calle tan tarde. Se fue para su cuarto y esa noche estaba tan cansada y era tan
tarde que no se acordó mas de la bolsa en todo lo restante de la noche.
A
la mañana siguiente se despertó, y se fue a lavar la cara al lago. Entonces, se
vio en el reflejo y, como en el fondo de su ser era un poco coqueta, se dijo a
si misma que tampoco estaba tan mal. Ella era rubia con los ojos verdes, era de
estatura normal para su edad y realmente pensaba que no tenía mal cuerpo. Y no
se equivocaba. A sus 17 años, ya había tenido bastantes pretendientes, aunque
no había salido con ningún chico puesto que no quería pensar en esas cosas tan
pronto, aunque su padre, que es herrero de profesión, a veces le decía que
tenia que ir buscándose a un chico de buena familia con el que establecer una
relación. Pero eso a ella no le interesaba de momento.
Volvió
a su casa, que era una casa normal para aun herrero y su familia. Tenía dos
plantas. En la planta baja estaba la tienda de su padre, la forja y demás
utensilios para la fabricación de armas y, también detrás del taller, estaba la
cocina y el comedor. En la planta de arriba se encontraban las habitaciones.
Eran tres, la de sus padres, que era la más amplia, la suya y la de su hermano.
Desayunó con normalidad y cuando subió a su
cuarto vio la bolsa sobre la mesa. Decidió que era el momento de abrirla. Cogió
valor, puesto parecía ser que esa bolsa era muy importante, aunque no
comprendía porqué ya que era una bolsa de cuero muy vieja y parecía que en
cualquier momento se iba a disolver. Cogió la bolsa entre las manos, la tocó
con ansiedad porque no sabía lo que podría encontrar dentro, metió la mano y
toco algo cuadrado. Lo sacó y era una cajita de piedra como las que se
utilizaban para guardar los pendientes pero de color gris piedra. La caja tenía
una incisura que marcaba un cuadrado alrededor de la forma cuadricular. Aparte
de eso, era lisa.
Intentó
abrirla, pero no pudo. La chocó contra una esquina de la mesa que tenia en su
cuarto, pero tampoco funciono. Bajó a la cocina e hizo palanca con una cuchara,
con lo que solo consiguió doblar la cuchara. Volvió a su cuarto desesperada y
tiró la caja al suelo con una última esperanza de que se rompiese y se abriera
pero, evidentemente, no paso nada. Se
sentó en la cama para relajarse y cuando fue a coger la caja vio por debajo un símbolo grabado en
la caja rodeado de otros más pequeños. Los “emblemas” que rodeaban al otro
símbolo eran huecos. Entonces se preguntó que eran todos esos símbolos y
emblemas y fue en ese momento cuando se fijo en el sol. Era casi medio día y
decidió bajar para preguntarse cuanto le quedaba a la mesa y si podía ayudar a
algo, a lo que naturalmente le dirían que sí. Soltó la caja en el primer cajón
de su mesa junto con la bolsa de cuero en la que venia y bajó.

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